Acabo de regresar de Soqotra y eso que nunca he estado allí.
He viajado hasta la isla más secreta del Océano Índico en busca de los yins y del ave roc. Me he tumbado a la sombra de los adenios, como baobabs enanos y rechonchos. He compartido la sangre del dragón que fluye como sabia por las ramas carnosas de los dracos. He aspirado el aroma del incienso que baila en el aire violeta de la tarde. He tocado la mirra siempre extraña que brota de la piel tímida del árbol. He ascendido hacia los dedos erectos y nublados de las cimas del Haggar. Me he bañado en las aguas turquesas de sus playas entre tiburones y tortugas ancianas. He seguido las huellas casi borradas de Simbad y Gilgamesh desde el fondo de los cañones hasta la cumbre de las montañas. Me he extraviado en sus nieblas y lluvias silenciosas. He soñado con las alas enormes de plumas inmensas del simurgh. He visto genios malvados con forma de mujer y ojos perversos. He escuchado la voz arcaica de tiempos remotos que aún perdura en los oídos. He encontrado el pasado, la aventura y la fantasía sin moverme de mi sitio y con sólo pasar unas páginas.
Jordi Esteva refleja en su último libro editado su encuentro anunciado desde la infancia con la isla de Soqotra. La isla de los genios me ha hecho viajar y soñar por anticipado como ya lo hice con Los árabes del mar por el sultanato de Omán y la eterna costa swahili.
Acabo de regresar de Soqotra y ya tengo ganas de volver.

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