jueves 25 de noviembre de 2010

DE LA POLICIA INTERNACIONAL A LA GALERIA DE FUEGO



Desde julio no me metía ningún concierto entre pecho y espalda y en quince días han caído dos.

Un verano y unas vacaciones por medio no me han hecho olvidar las grandes sensaciones que me dejó MUSE en el Vicente Calderón, ovni y trapecista incluida, sin duda uno de los mejores eventos del año y eso que la puesta de largo de The Resistance en noviembre de 2009 fue espectacular. Pero con la llegada del otoño y la caída de la hoja la temporada de actuaciones en plena gira de presentación de las bandas no se hace esperar. Sólo hay que echar la caña y pescar alguna pieza interesante entre lo que está en el mercado.

Aunque se me escapó por los pelos el anhelado primer encuentro con Anathema, cuando ya los daba por perdidos para la causa (inefable su último trabajo y es que están aquí porque están aquí), mi segunda cita con los neoyorquinos Interpol no se me podía quebrar. No es que su disco homónimo recién horneado me haya vuelto la cabeza del revés, pero alguien capaz de producir Antics o Our Love to Admire (quizás no su mejor obra pero por motivos personales, como An End has a Start de Editors, entre los que me evocan agridulces recuerdos) merecía la pena volver a encontrarse con ellos aunque fuera en el agujero negro del Palacio de Vistalegre. Buen concierto, sí señor, aunque no pasará a la historia por su duración ni por su espectacularidad. Nos dieron lo que esperábamos en su justa medida, con un buen repaso a su segundo disco, no en vano saben lo que le gusta al personal. Grato descubrimiento los teloneros Surfer Blood, que tienen cualquier pinta menos de cabalgar sobre las olas, más bien de acabar de salir de la ceremonia de graduación del highschool. Seguramente será el típico grupo que en directo atruenan y en la cadena de música son pop sin sazonar, pero como toma de contacto estuvo muy bien. De momento tienen la bendición de Pitchfork, que no es poco. Eso sí, genial la portada y precisosa la camiseta de Astro Coast. Todo lo contrario de Interpol, que siguen negándonos el pan y la sal a los que pagamos religiosamente sus cedés en cuanto diseño y extras en la cajita de plástico.

Y en una semanita llegó el segundo concierto. Anonadado me quedé al comprobar que Arcade Fire habían llenado el Palacio de los Deportes. ¿Pero no eran una banda indie? Pues o el boca a boca funciona de maravilla o algo está cambiando en el panorama musical, que hasta los grupos buenos y, en teoría, alternativos, abarrotan grandes recintos. Y los miles de personas allí congregados no pagamos la entrada en balde. Los hermanos Butler, madame Chassagne y el resto de conjurados, hasta 8 sobre el escenario más otros tres músicos de apoyo, nos dieron hora y media (¿por qué no más?) de verdadera interpretación en directo, música en vivo como no se recuerda por estos lares, como el intercambio continuo de instrumentos entre ellos demostrando que para esta gente vale igual un roto que un decosido. El ramillete de canciones épicas y en crescendo permanente se fue balanceando entre Funeral y The Suburbs para completar una demostración de cómo meterse al público en bolsillo desde la primera a la última nota. Sobresaliente.

Quizás cuando vuelvan por estos pagos algo haya cambiado para estos canadienses.