En mi proceso de quitar el polvo y las telarañas a la pila de DVDs sin usar que tengo en casa, le llegó el turno a una de la películas fundamentales de mi colección, Planeta Prohibido (Forbidden Planet) de Fred M. Wilcox. Y no me ha defraudado. Sigue en plena forma.
El recuerdo de infancia en los años en que emitían sin ningún sonrojo películas de este calibre en la televisión (entonces sólo pública), aunque fueran de los años cincuenta o incluso en glorioso blanco y negro, es difuso. Quizás la imagen del tigre saltando sobre la doncella inocente y evaporándose bajo el disparo laser sea la que mejor resume mi desazón. Por no hablar de los rugidos de la bestia en la vallas electrificadas.
Posiblemente no entendiera muy bien qué me estaban contando, qué significaba todo eso de la civilización krell extinguida, el monstruo invisible o las minifaldas sugerentes de Anne Francis, pero siempre me quedó la idea de que se trataba de una película de ciencia ficción diferente a las otras que podía ver por la tele. Que aunque hubiera naves espaciales (curiosamente un platillo volante tripulado por humanos), pistolas laser, extraterrestres (que no se llegaban a ver nunca por mucho que intuyéramos su deformidad en los marcos triangulares de las puertas), planetas lejanos, máquinas colosales, un robot servicial (Robby, que tuvo su momento de gloria en secuelas olvidables de serie Z) y hasta una bestia asesina (eficazmente dibujada por la Disney en gesto cortés hacia la MGM), algo diferente se escondía en el celuloide de ese film.
Posiblemente no entendiera muy bien qué me estaban contando, qué significaba todo eso de la civilización krell extinguida, el monstruo invisible o las minifaldas sugerentes de Anne Francis, pero siempre me quedó la idea de que se trataba de una película de ciencia ficción diferente a las otras que podía ver por la tele. Que aunque hubiera naves espaciales (curiosamente un platillo volante tripulado por humanos), pistolas laser, extraterrestres (que no se llegaban a ver nunca por mucho que intuyéramos su deformidad en los marcos triangulares de las puertas), planetas lejanos, máquinas colosales, un robot servicial (Robby, que tuvo su momento de gloria en secuelas olvidables de serie Z) y hasta una bestia asesina (eficazmente dibujada por la Disney en gesto cortés hacia la MGM), algo diferente se escondía en el celuloide de ese film.
De los innumerables títulos que poblaron la era dorada de la ciencia ficción en Hollywood, los años '50 (algunos cruciales en la historia del cine, otros de culto, muchos prescindibles, la mayoría deliciosos), Forbidden Planet marcó una piedra de toque en la evolución del género, porque, apartándose de los clichés en esos años (básicamente, monstruos del espacio invadiendo la tierra, con diversas varientes), la cinta nos ofrecía una perspectiva distinta, más culta o seria podríamos decir, desde otro ángulo, de la ciencia ficción clásica. Atreverse con vestir de futurismo La Tempestad de William Shakespeare no es poco, como tampoco lo es quebrar reglas sacrosantas del género tales como no llegar a mostrar a los "marcianos", tan sólo dejarnos intuir las formas del monstruo que crean los sueños del doctor Morbius (un perfecto Walter Pidgeon) cuyas huellas se marcan en la arena de Altair 4, que los humanos sean los invasores que llegan del espacio exterior en la nave capitaneada por Leslie Nielsen antes de cambiar de registro en la madurez.
Hay quien opina que Forbidden Planet marcó un hito en el género como luego la haría 2001: Una Odisea del Espacio. No sé si llega a tanto, pero a mí me gusta lo mismo, con su estética cincuentera, su candidez a veces, con unos detalles y efectos sutiles y bellos que ya quisieran muchas películas mucho más modernas. Capítulo aparte merece la banda sonora, experimento atrevido de sonidos futuristas e inquietantes que tampoco era lo habitual en la época y que a más de uno dejó descuadrado en su momento.

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