miércoles 16 de junio de 2010

LOVE & HATE


Hacía mucho tiempo que no revisitaba la única película que dirigió el orondo Charles Laughton. Mi recuerdo era el de una película avanzada para su época pero sobre todo con unos hallazgos visuales sorprendentes. Y no me fallaba la memoria.

The Night of the Hunter (La Noche del Cazador, en versión hispánica, por una vez traducción literal del original inglés) es un perla aislada y brillante en la cinematografía de esos años y una rara avis en la biografía de su director.

Como actor, ya fuera vestido de romano en Espartaco o de abogado en Testigo de Cargo, por citar sólo dos ejemplos, siempre me resultó el tipo perfecto para su papel, y, por qué no, en el vetusto doblaje español de las pelis ancianas, con una voz entrañable que al momento me transporta al buen cine de toda la vida. Y eso pese a las malévolas palabras del maestro Hitchcock, cargadas de ironía: "Nunca ruedes con perros, con niños o con Charles Laughton". Y en su única incursión en los territorios al otro lado de la cámara hay que reconocer que lo bordó creando una obra de culto que se revaloriza con el tiempo.

He vuelto a disfrutar de cada plano de La Noche del Cazador, de cada claroscuro, desde la primera secuencia aérea cayendo en picado sobre el sótano de la casa hasta la mano de Mitchum en el pomo de la escalera o el viaje en balsa a través de ese otro Leteo. Sin desperdicio. Por no hablar de la dama en el lago (atada a su coche) en el rielar del agua o la escena dreyeriana en el dormitorio conyugal.

Y eso que para mí el final de la cinta no hace justicia al resto del metraje. Al margen de que un final menos feliz hubiera sido más adecuado, me parece sin remate la parte que se desarrolla en la casa adoptiva de los dos niños protagonistas. No podía ser redonda, mejor dejar ángulos y esquinas por los que fugarse.

Pero entre tanta ensoñación, me quedo con los planos de Mitchum a caballo cantando a través del horizonte.