martes 15 de diciembre de 2009

INVENTOR EN LA SOMBRA



Como en muchas ocasiones me pasa, mi acercamiento a un determinado asunto no sucede de manera directa y lógica, sino que la aproximación y la toma de contacto tiene lugar de manera tangencial o incluso azarosa. Y puedo dar muchos ejemplos de los que ya hay muestras en estas páginas de celacanto vagabundo.

Eso mismo me pasó con Tesla. Porque antes de tener conocimiento cabal del científico, me alcanzó su apellido por medios indirectos. Y es que la banda de rock americana así denominada no se podía haber puesto ese nombre porque sí. Sabían de lo que hablaban. Para amontonar más materia traída por los pelos, ni siquiera era entonces un seguidor de su música, digamos que me interesaban y no me molestaban como tantos otros grupos de rock de la época, pero lo que sí me llamaba la atención eran los títulos de sus álbumes, la temática que trataban y la pátina de pseudointelectualidad y ciencia que emanaban de sus discos.

Fue con Mechanical Resonance donde aprendí que Tesla, además de una banda de melenudos americanos, era el apellido de un señor, llamado Nicola, nacido en la profunda Europa y emigrado a los Estados Unidos de América que a pesar del anonimato, concibió algunos de los más sorprendentes adelantos científicos a la sazón dándole vueltas a la electricidad y al magnetismo. La teoría de la resonancia mecánica a la que hace referencia el título de su primer album me creó cierto desasosiego. Con el segundo disco, The Great Radio Controversy, siguieron hurgando en el tema y me enteré de su polémica con el italiano Marconi quien supuestamente le ninguneó el invento de la radio. Y en su tercer trabajo, Psychotic Supper, reverdecieron viejas disputas con el venerado Edison.

Después le perdí más o menos la pista a la banda pero ya me quedé para siempre con el cromo de Nicola Tesla en mi archivo personal de figuras irrepetibles.