A veces sucede que conoces a una banda prácticamente en su génesis y, si comienza a formar parte de tu santoral particular, no es difícil seguirle los pasos hasta que estos se truncan, tienden a bifurcarse demasiado o simplemente tornan a difuminarse.
En otras ocasiones te encuentras con el grupo y su música de improviso, sin esperarlo, y de repente descubres que simplemente ya estaba allí aunque tú no lo supieras, que llevaba girando discos y el mundo durante mucho tiempo y que, por azar, tu universo y el suyo no habían coincidido ni por asomo ni por un sofisticado puente de Einstein-Rosen, por decir algo. Entonces comienza la ardua tarea de recopilar información, surcos o bites, hasta dar con todas las miguitas que los pulgarcitos del mundo de la farándula habían ido dejando por el camino a lo largo de su carrera.
Y finalmente acontece que hay artistas a los que conocías de antes y que eres capaz de situarlos perfectamente en el espacio-tiempo, que incluso has tenido sus discos en las manos y podrías reconocer sus portadas o citar sus títulos , pero que por alguna arcana razón nunca has dado el paso de ir más allá y entrar de pleno en sus paisajes, de pararte a escuchar detenidamente su música o darles la oportunidad de incluirlos en tu agenda personal. Hasta que sucede.
Y esto es lo que me ha pasado con una de las grandes bandas del llamado rock progresivo (sea lo que sea) de la última época finisecular y los primeros años del siglo actual. Porque Porcupine Tree no eran unos desconocidos en absoluto para mí, pero reconozco que no había pasado aún de las meras sonrisas y palmaditas en el hombro. Hasta que hace un par de años me decidí a comprar su penúltimo album Fear of a Blank Planet, que desde la mirada vacua y azul del rostro infantil en la portada me prometía sensaciones perturbadoras. Y así fue. Los ingleses entraron por la puerta grande. Un concierto en octubre que se me escapó, y tras un EP para no perderles la pista, llegó el abrumador The Incident con sus 55 minutos ininterrumpidos de música escalofriante. Y esta vez no se me ha escapado el concierto. Dos horas y cuarto de poesía y truenos, de fría luz de las estrellas y de violentos big-bangs, de elegancia y talento. Cuando abandoné la sala ya sabía que me había convertido como Saulo en Pablo camino de Damasco.
Ahora me toca recorrer el camino inverso para descubrir poco a poco los miliarios que estos gigantes solitarios e ignotos han ido dejando por la carretera a lo largo de estos años. Qué feliz trabajo. De momento Lightbulb acaba de iluminarme. Y Deadwing me espera en breve.
Gracias Steven Wilson.

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